Hace
ya más de 3 años que se metió en nuestras vidas de forma sigilosa, pero ha
sabido absorber la mayor cantidad de nuestras energías. Sin quererlo o no la
hemos dejado ocupar tanto de nosotros, que ha diezmado nuestra capacidad de
vivir el día a día, de aprovechar todos los gratos momentos que tenemos de
estar vivos y en compañía de la gente que queremos. Ya casi no disfrutamos ver
el amanecer o el sonido de la lluvia, cosas que nos llenan el alma de alegría
como la sonrisa de un niño, la picardía
de compartir un chocolate a escondidas o lo placentero de revivir un recuerdo.
No me refiero a otro asunto que no sea la sentida y muy educativa: Recesión
Económica. No hay lugar donde no se hable de ella, en el mercado, en el banco,
en la plaza, en el consultorio, en casi todos los ámbitos de la vida. Está muy
presente en la mayoría de las conversaciones o comentarios, lo cual nos
demuestra que hemos establecido una sociedad basada en el papel moneda y no en
el papel humano. Todos sabemos cuando llegamos a este mundo, mas no sabemos
cuándo nos vamos y mientras tanto nos la pasamos, sobre todo los que
pertenecemos al grupo más cercano en teoria de irnos, mas pronto de este mundo, enfocados en ver como salimos de la recesión.
Solo
pensemos por un momento que nos llegara una carta o una notificación, que nos
dijera algo así como “Dios te recibirá en
30 minutos o en 24 horas”. ¿Te has detenido a pensar que no sabemos cuándo
nos vas a llegar nuestro momento de pasar a otro plano? Mientras tanto, estamos
invirtiendo nuestro tiempo en función de solucionar problemas creados por una
humanidad egoísta, mezquina y sin caridad. Para tu hijo, tú hermano, tus
familiares o amigos tal vez tu abrazo gratuito o tu palabra de aliento tiene
más valor que un bono a 30 años o acciones de una empresa de petróleo.
Imagina
que te quedan 24 horas de vida. ¿A quién llamarías para decirle te quiero o te
amo? ¿A quién invitarías a compartir tu último trago de café, té o un
cigarrillo? ¿A quién quisieras pedir disculpas, invitar a hacer el amor,
dejarle tus bienes materiales o tu mascota? ¿A quién le escribirías un carta, a
quien le dejarías ese libro o esa foto que has conservado con tanto aprecio y
valor emocional para ti? Son infinitas las preguntas sobre con quién quisieras
estar, compartir o dejarle algo de ti. Mas no pensamos a menudo que lo más
valioso que podemos dar al prójimo es nuestro tiempo. No hay nada más
perdurable después que nos vamos del cuerpo físico que lo compartido.
¿Es
que acaso alguno de ustedes ha presenciado un entierro que conste de un féretro
y una caja fuerte que contenga dinero, bonos, acciones o joyas? Yo
personalmente no conozco ningún caso. Lo que sí escuchamos en los funerales es
lo bueno que era el difunto, lo que compartimos juntos, lo fiestero, lo simpático,
lo cortés que era, etc,etc.
Con
esto no quiero decir que no se necesite una economía estable en el hogar y un
trabajo que nos de ingresos suficientes, ni que no debamos proponernos
prosperar o preocuparnos por la situación económica del país. Pero despertemos
y veamos a nuestro alrededor. Todos esos bellos y únicos momentos que dejamos
pasar, que no se repetirán y que Dios nos brinda la oportunidad de compartir,
eso es la vida.
Nos
dejamos absorber nuestro espacio y tiempo de existencia por patrones alejados
del plan para el que fuimos creados y después ya es muy tarde. Es como el que
trabaja toda la vida, sacrificando su salud por un fin económico y luego su
fortuna no le devuelve ni le compra la salud. Cuando tienes un simple resfriado
exclamas que la salud es lo más importante porque sin salud no hay nada, pero
en cuanto te sientes sano o mejor ya vuelves a lo de antes y deja de lado el
real sentido de existir y de sembrar el amor de forma incondicional en todos
los caminos de la vida que debemos recorrer.
Te
invito a mirar a tu prójimo en la forma en que tú quieres ser visto o
apreciado. Disfruta el amanecer, los árboles, la lluvia, el sol. Aprecia todo
lo que la madre naturaleza nos brinda y cuídalo, para que los que nos relevarán
en esta tierra puedan disfrutarlo también. De igual modo, no olvides dar un
abrazo sentido, un beso apasionado, un fuerte apretón de manos, una muestra de
afecto real, que quedará por siempre.